Y, al final, se fue. No se puede decir que me pillase por sorpresa, ya me lo esperaba desde hacía tiempo, pero no por eso fue menos doloroso. No importa cuanto tiempo tengas para hacerte a la idea de que vas a perder a alguien, al final siempre duele igual.
El entierro no fue nada especial. No vinieron masas de todo el mundo, tan solo unas cien personas que tuvieron la oportunidad de conocerle. Pero casi me dolió más la compasión de la gente allí congregada que el porqué de su reunión. Todos pasaban a expresarme sus condolencias y yo no podía hacer más que asentir y tragarme las lágrimas, que a veces salían igual, en un acto del llamado "sentido del deber", como hubiese dicho mi padre. Y ese fue un sentido que jamás desarrollé tanto como a él le hubiese gustado. Igual que el sentido común. Nunca se me dió bien pensarme las cosas antes de llevarlas a cabo. Ni siquiera ahora, que me había quedado completamente sola. "Sola"... Asustaba hasta la simple palabra.
Mientras los amigos de mi padre pasaban, estrechándome la mano, no pude evitar mirar más allá de ellos, contra la pared, donde la señora de Asuntos de Menores no me quitaba ojo. Iba de negro, como todos los allí presentes, mirándome fijamente a través de sus estrictos anteojos con forma puntiaguda. Casi tan puntiaguda como sus afilados comentarios. Y, desde luego, si era así como me iban a tratar en el orfanato, prefería no ir.
En un momento de respiro me dirigí al baño, pero antes siquiera de llegar a la puerta, me alcanzó la señora de los anteojos.
-Señorita Stone, tiene un minuto-dijo con acidez, afirmándolo más que preguntando. Como si su trabajo la obligase a hablar conmigo en contra de sus deseos y yo estuviese obligada a obedecerla. Yo me giré, temiendo las palabras que iban a salir a continuación de su boca.
>Lamentamos enormemente la pérdida de su padre, señorita-dijo por cortesía más que por sentirlo realmente. Y, aunque entiendo que no quiera hablar del asunto...-continuó.
-Tiene razón, no quiero-la corté, dirigiéndome de nuevo al baño.
-...es de vital importancia-acabó la frase, agarrándome del brazo con fuerza, clavándome sus afiladas uñas. Yo no mostré el más mínimo dolor. No iba a permitirme ni una muestra de debilidad delante de esa señora.-Dada su situación actual, deberá acompañarme después del funeral.
-¿A dónde?
-A un orfanato, por supuesto-me contestó sin pestañear.
-¿Qué sucede si me niego?-dije, cruzándome de brazos. Ella se rió con sarcasmo.
-No eres mayor de edad, no estás en posición de negarte.
-Cumpliré los 18 en cuatro meses.
-Pero hasta entonces estás a nuestro cargo.
Yo hice como que lo aceptaba y me dirigí de nuevo al baño, con otra idea diferente a la de antes. Cuando ví que ella intentaba seguirme me paré y la dije con frialdad:
-Si no la importa, creo que todavía tengo derecho a un poco de intimidad.
Ella frunció los labios y se quedó quieta mientras yo continuaba mi camino. Llegué al baño y revisé todos los cubículos hasta asegurarme de que estaba sola. Me paré un minuto frente al espejo y apoyé las manos en el mármol que rodeaba al lavabo, cogiendo una bocanada de aire.
En mi cara se podían apreciar los restos de lágrimas y mis labios estaban cortados. El pelo me caía, completamente liso, en una cascada de azabache hasta la cintura. Mis ojos, azules, estaban rojos por el esfuerzo de llorar durante tanto tiempo.
Mi padre había fallecido hacía tan solo dos días y esa mierda de organización de Asuntos de Menores no me dejaba ni asimilarlo. Era cierto que llevaba enfermo desde hacía meses y yo ya había asumido que no iba a salir de esa, pero las lágrimas habían venido igual al final. Después de tantos meses cuidándole y estando a su lado, me sentía perdida en el mundo, como si no me quedase nada por lo que seguir, como si mi misión fuese esa y mi vida se hubiese quedado sin sentido.
Me lavé la cara y me recogí el pelo en un moño. Luego miré el corto vestido negro hecho de encaje que iba a quedar destrozado sin remedio. Suspiré con resignación y miré la ventana del cuarto de baño, que daba justo a la altura del suelo del lado contrario de la iglesia donde se estaba celebrando el funeral. Me quité los tacones negros para que fuese más fácil y me aupé a la ventana. Salí arrastrándome y manchándome entera de barro, mientras la luna me observaba desde lo alto del cielo. Una vez fuera, y todavía con los tacones en la mano, salí corriendo sin mirar atrás.
No sabía adónde iba, ni siquiera tenía una pequeña idea, pero tenía que irme de allí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario