lunes, 13 de junio de 2011

Capítulo 2. Como siempre, sin un plan.

Al final decidí que antes de hacer nada tenía que pasar por mi casa a coger un par de cosas. Pillé el primer bus que pasaba por allí y me subí. No había nadie y realmente agradecí estar sola. Apoyé la cabeza en el frío cristal, viendo tan solo oscuridad al otro lado, interrumpida de vez en cuando por solitarias farolas que no tardaban en perderse de vista. Inútiles luces contra una noche tan cerrada.
Llegué rápido a mi casa y no perdí el tiempo. Ese sería el primer sitio donde me buscarían y yo no era tan tonta como para quedarme y ofrecerme en bandeja. Si querían llevarme por la fuerza iban a tener que esforzarse mucho.
Subí las escaleras de madera rápido hasta mi habitación y abrí el armario. Al fondo tenía una cajita con dinero de emergencia y una tarjeta de crédito que mi padre había puesto a nuestro nombre antes de morir. Lo metí todo en una mochila donde también puse un par de pantalones, varias camisetas, tres sudaderas y el móvil.
Me quité el sucio vestido y me puse unos vaqueros, una sudadera negra y unas deportivas. Salí corriendo por la puerta con la mochila y cogí el coche de mi padre. Mi padre me enseñó a conducirlo cuando cumplí los 16 años y ya tenía carnet de conducir, aunque mi padre no me lo había dejado conducir nunca. Lo arranqué y me puse en camino hacia Philadelphia. Aunque esa sería solo la primera parada. Luego iría a California, a la otra punta del país, lejos de mi casa y lejos de todo, a comenzar una nueva vida.
Lo cierto era que no había sido del todo precipitado. Llevaba ya un par de días acariciando la idea de irme, pero no había estado convencida hasta que no vi a la señora de Asuntos de Menores aparecer un día en mi puerta. Al volver a verla en el funeral supe perfectamente lo que quería y la idea vino con más fuerza todavía.
Después de la muerte de mi padre no me quedaba nadie más en el mundo a quien le debiese explicaciones. Mi madre ya no tenía familia y con la de mi padre hacía años que no hablábamos por una disputa que tuvieron. Nunca quisieron decirme cuál fue, pero me acostumbré a celebrar las fiestas familiares sin familia.
Tampoco tenía hermanos a los que cuidar o que me cuidasen a mí, así que estaba completamente libre de ataduras. Sin embargo, jamás me imaginé la libertad tan deprimente y solitaria.
Me planteé por un momento volver y entregarme a Asuntos de Menores, pero el orgullo y mi ansia de libertad, aunque fuese a un duro precio, me lo impidieron. No quería tirarme cuatro meses en un orfanato teniendo que soportar a la señora de los anteojos.
Pero la verdadera razón, como ya dije, es mi absoluta falta de sentido común.
Mi padre era estricto y realista, con los pies bien plantados en la tierra. Me pregunté qué pensaría de mi huida. No le agradaría, desde luego. Pero luego pensé en mi madre. Ella era parecida a mí, seguro que me hubiese comprendido. Era tan soñadora, luchadora y cabezota, y estaba tan obcecada con la libertad... Ella me hubiese aplaudido sin dudarlo.
Mis padres eran tan diferentes entre sí...
Suponía que eso era el amor. No coincidir en nada y amar cada diferencia. Pero el amor era algo que jamás se había planteado en mi vida. Quizá por mi falta de romanticismo a pesar de mi nombre: Juliet. Pero había descubierto que Romeo no existía, y que si existía, sería tan cabrón como los demás. Y fui romántica una vez, lo admito, soñaba con las historias de Shakespeare y las sonrisas tontas adornaban día a día mi rostro. Sonrisas que se extinguieron. Múltiples desengaños me había hecho fuerte, dura y fría. Creí que enamorarse era tan bonito, que hallaría la felicidad. Pero eran pensamientos dolorosos de cuando aún sentía algún tipo de emoción hacia los hombres. Había pasado página y no había vuelta atrás. Para mi desgracia, o más bien, para la suya.
Había aprendido a base de experiencia que el amor existe, no lo niego, pero en muy raros casos. Jamás en mi vida había tenido la prueba de que alguien fuese a amarme y me había dado por vencida, decidiendo que si ellos me iban a putear, les putearía yo primero. Todos eran unos cerdos. Y se iba a tragar cada uno su propia medicina.

domingo, 12 de junio de 2011

Capítulo 1. El principio de un final.

Y, al final, se fue. No se puede decir que me pillase por sorpresa, ya me lo esperaba desde hacía tiempo, pero no por eso fue menos doloroso. No importa cuanto tiempo tengas para hacerte a la idea de que vas a perder a alguien, al final siempre duele igual.
El entierro no fue nada especial. No vinieron masas de todo el mundo, tan solo unas cien personas que tuvieron la oportunidad de conocerle. Pero casi me dolió más la compasión de la gente allí congregada que el porqué de su reunión. Todos pasaban a expresarme sus condolencias y yo no podía hacer más que asentir y tragarme las lágrimas, que a veces salían igual, en un acto del llamado "sentido del deber", como hubiese dicho mi padre. Y ese fue un sentido que jamás desarrollé tanto como a él le hubiese gustado. Igual que el sentido común. Nunca se me dió bien pensarme las cosas antes de llevarlas a cabo. Ni siquiera ahora, que me había quedado completamente sola. "Sola"... Asustaba hasta la simple palabra.
Mientras los amigos de mi padre pasaban, estrechándome la mano, no pude evitar mirar más allá de ellos, contra la pared, donde la señora de Asuntos de Menores no me quitaba ojo. Iba de negro, como todos los allí presentes, mirándome fijamente a través de sus estrictos anteojos con forma puntiaguda. Casi tan puntiaguda como sus afilados comentarios. Y, desde luego, si era así como me iban a tratar en el orfanato, prefería no ir.
En un momento de respiro me dirigí al baño, pero antes siquiera de llegar a la puerta, me alcanzó la señora de los anteojos.
-Señorita Stone, tiene un minuto-dijo con acidez, afirmándolo más que preguntando. Como si su trabajo la obligase a hablar conmigo en contra de sus deseos y yo estuviese obligada a obedecerla. Yo me giré, temiendo las palabras que iban a salir a continuación de su boca.
>Lamentamos enormemente la pérdida de su padre, señorita-dijo por cortesía más que por sentirlo realmente. Y, aunque entiendo que no quiera hablar del asunto...-continuó.
-Tiene razón, no quiero-la corté, dirigiéndome de nuevo al baño.
-...es de vital importancia-acabó la frase, agarrándome del brazo con fuerza, clavándome sus afiladas uñas. Yo no mostré el más mínimo dolor. No iba a permitirme ni una muestra de debilidad delante de esa señora.-Dada su situación actual, deberá acompañarme después del funeral.
-¿A dónde?
-A un orfanato, por supuesto-me contestó sin pestañear.
-¿Qué sucede si me niego?-dije, cruzándome de brazos. Ella se rió con sarcasmo.
-No eres mayor de edad, no estás en posición de negarte.
-Cumpliré los 18 en cuatro meses.
-Pero hasta entonces estás a nuestro cargo.
Yo hice como que lo aceptaba y me dirigí de nuevo al baño, con otra idea diferente a la de antes. Cuando ví que ella intentaba seguirme me paré y la dije con frialdad:
-Si no la importa, creo que todavía tengo derecho a un poco de intimidad.
Ella frunció los labios y se quedó quieta mientras yo continuaba mi camino. Llegué al baño y revisé todos los cubículos hasta asegurarme de que estaba sola. Me paré un minuto frente al espejo y apoyé las manos en el mármol que rodeaba al lavabo, cogiendo una bocanada de aire.
En mi cara se podían apreciar los restos de lágrimas y mis labios estaban cortados. El pelo me caía, completamente liso, en una cascada de azabache hasta la cintura. Mis ojos, azules, estaban rojos por el esfuerzo de llorar durante tanto tiempo.
Mi padre había fallecido hacía tan solo dos días y esa mierda de organización de Asuntos de Menores no me dejaba ni asimilarlo. Era cierto que llevaba enfermo desde hacía meses y yo ya había asumido que no iba a salir de esa, pero las lágrimas habían venido igual al final. Después de tantos meses cuidándole y estando a su lado, me sentía perdida en el mundo, como si no me quedase nada por lo que seguir, como si mi misión fuese esa y mi vida se hubiese quedado sin sentido.
Me lavé la cara y me recogí el pelo en un moño. Luego miré el corto vestido negro hecho de encaje que iba a quedar destrozado sin remedio. Suspiré con resignación y miré la ventana del cuarto de baño, que daba justo a la altura del suelo del lado contrario de la iglesia donde se estaba celebrando el funeral. Me quité los tacones negros para que fuese más fácil y me aupé a la ventana. Salí arrastrándome y manchándome entera de barro, mientras la luna me observaba desde lo alto del cielo. Una vez fuera, y todavía con los tacones en la mano, salí corriendo sin mirar atrás.
No sabía adónde iba, ni siquiera tenía una pequeña idea, pero tenía que irme de allí.